Trágico Accidente

*Por Poeta Alcohólico

Caminé a través de la niebla más espesa que haya visto en toda mi vida. Crucé una especie de riachuelo en el cual mojé mis pies. Extrañamente no sentí frío, a pesar de que el día estaba totalmente tapado por aquella horrible niebla. Una sensación de vacío inundaba mi corazón y mi cuerpo, sintiendo que mi cabeza estaba completamente desorientada. Seguí caminando pero no llegaba a ningún lugar. De pronto, la niebla se hizo aún más espesa y ya no podía ver más allá de mis manos. Un frío horrible me abrazó y comencé a escuchar unas voces a lo lejos. “Por fin un poco de gente”, dije para mí. Como no veía nada, seguí aquel ruido de voces para preguntar dónde diablos estaba metido. Al acercarme a ellas noté que algunas se apagaban y otras se convertían en llantos estruendosos. Admito que al principio me asusté, imaginando, como siempre lo hacía, que alguna cosa grave, quizás un accidente, había ocurrido. Decidí no hacer mucho ruido y acercarme lentamente para poder oír de forma nítida aquella situación que invadía mis sentidos. A medida que me aproximaba, la niebla desaparecía dejando ver un camino de tierra y un poco más adelante, una reja negra. Hacia mis costados no había nada reconocible, por lo que sólo podía mirar aquella especie de sendero. No sé cómo describirlo, creo que ese camino estaba marcado para mí.

Lejos, muy lejos, veía gente que se movía, otros quietos, otros sentados. Las voces tenían forma y eso me alegraba. A nadie le gusta saber que está solo. Pensamientos extraños inundaban mi cabeza, la cual daba vueltas y vueltas suponiendo que todo aquello era un sueño o pesadilla que contaría al otro día, quizás a mi novia, quizás a un amigo, quizás a nadie. Todo era totalmente confuso, por lo cual tuve que aferrar mi cabeza con mis manos para que no cayera al suelo. Llegué. Abrí la reja. Nadie se inmutó. Ya no había niebla, todo estaba claro. Di una rápida mirada a mi alrededor y noté que varias mujeres lloraban, algunos hombres trataban de contener su rabia. Había personas sentadas que sólo miraban el suelo con una expresión triste y niños que no sabían lo que pasaba. Todos ellos se agolpaban alrededor de una puerta pequeña que daba paso a una especie de edificación de color blanco que llamaba mi atención de sobremanera. Di unos pasos hacia atrás y golpeé suavemente a una mujer que estaba apoyada en un árbol. Su rostro y sus ojos expresaban una profunda tristeza, capaz de hacer llorar al más duro de los hombres. No quise preguntarle a qué debía aquel sentimiento porque yo estaba tan preocupado de saber en dónde diablos estaba, que no atinaba a nada más.

Un ruido, una puerta crujiendo, un nuevo personaje. Un hombre apareció desde el fondo de aquella puerta. Vestía una bata blanca, pantalones y zapatos negros, una camisa gris. Su cabello negro estaba lleno de gel. Masticaba de mala manera un chicle y en sus manos traía unos papeles. Cuando apareció, todo el mundo levantó sus cabezas y se agolparon fuertemente alrededor de aquella puerta, alrededor de él, para así oír mejor.

–          Luis Alberto Carrasco Sánchez- gritó hacia el público, mientras que una mujer se tomaba la cabeza y comenzaba un largo llanto que creo, su marido, intentó callar.

–          José Oscar Campos Monsalve- gritó otra vez. Ahora un hombre golpeaba un árbol y le daba patadas.

Escuché cinco nombres más y vi similares reacciones. Mi confusión crecía cada vez más, no entendiendo nada. De pronto, escuché mi nombre. Sí, era mi nombre, no lo podía creer. Levanté mis brazos y comencé a caminar hacia el hombre. Quería decirle que aquí estaba yo. Seguí pero nadie se movía. Comencé a desesperarme y nada podía hacer, un colapso vendría pronto, otro colapso, no puede ser. Intenté calmarme pero no podía. Traté de recordar pero todo era confuso, todo era niebla, gente, manchas, balizas. Todo pasaba rápido y mi corazón se agitaba, pensamientos, recuerdos, mi familia, todo.

No corrí. No podía seguir corriendo. Caminé un poco y me senté en el suelo. A mi lado una mujer tenía la mirada perdida en el horizonte y una triste lágrima corría por su mejilla. La abracé, limpié su cara, besé su frente y miré sus ojos. Me levanté. Me acerqué a su oído izquierdo y dije: “No te preocupes mamá, todo va a estar bien”. No hubo reacción. Sólo sé que seguí caminando y que la niebla, ahora, se había disipado.

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