Zapallín, el niño zapallo

*Por Crazy Beer

Zapallín se levantaba temprano el día sábado, era día de fútbol y tenía que entrenar duro para llegar a ser el mejor jugador de su liga. En lo que iba de competencia no había jugado ningún partido, siempre era suplente, el DT creía que era el peor de todo el equipo. Su cabeza de zapallo le jugaba en contra, nunca podría cabecear, menos con su estatura. Decían los padres de los otros niños que tenía dos piernas izquierdas y que nadie entendía qué hacía en el equipo.

Regularmente era burla de los demás pequeños, tras lo cual adquiría su cara un color más anaranjado de lo normal y sus lágrimas, cuando lo hacían llorar, eran como grandes semillas de zapallo. Sus padres, ambos con sus respectivas cabezas de verduras, lo defendían a muerte y lo alentaban a continuar con su pequeño sueño: Zapallín debía mostrar en la cancha lo gran zapallo que podía ser.

Muchas veces le pidió al DT que lo dejase entrar, que dejaría su alma en la cancha, que le diera la oportunidad. El entrenador lo miraba y le decía que era peligroso para un cabeza de zapallo ingresar al partido, aún más si estaban jugando contra Deportivo Frutos del Bosque, sus archirrivales.

Zapallín estaba triste, no podía mostrar el verdadero zapallo que llevaba dentro, sin embargo su oportunidad llegaría pronto. En un partido contra Nadie Nunca FC se lesionó Peter Pulento, una de las mejores contrataciones infantiles llevadas a cabo por el Club Deportivo Verduras Unidas. Extrañamente y contra todas las excusas habituales, el director técnico hizo entrar a Zapallín, quien no podía creerlo.

–          Profe, no lo decepcionaré – dijo el cabeza de zapallo antes de entrar al campo

–          Espero que no lo hagas – respondió el DT.

Varias jugadas espectaculares se llevaron a cabo en el partido, destacando muchos compañeros del cabeza de zapallo, pero nunca él. Perdió dos pelotas que terminaron en goles en contra y no pudo dar ningún pase preciso. Todos lo miraban feo, pero debían continuar. El Club Deportivo Verduras Unidas siguió presionando, corriendo mucho más porque tenían un hombre menos (Zapallín ya estaba cansado). De todas formas consiguieron descontar antes de acabar el primer tiempo.

Cuando se dio inicio a la segunda parte, Zapallín dio un pase que terminó en el ansiado empate, lo que generó ilusión en la hinchada. El DT sonrió frente a esto y dio nuevas instrucciones. Todo continuó igual hasta el minuto 86, donde se generó un tiro de esquina a favor del equipo Verdulero. Al ver esto, Zapallín vio la oportunidad de su vida, el momento justo para alcanzar la gloria en un partido (aunque la verdad el encuentro sólo daba puntos, no era crucial), por esa razón corrió lo más rápido posible para cabecear el balón en el aire y anotar el gol de la victoria. Mientras dejaba sus piernas en el campo de fútbol, el Técnico le gritaba que regresara a su posición inicial: no quería tragedias (como la muy recordada tarde de 1986 donde fallecieron dos jugadores).

–          ¡Zapallo y la conch…regresá a tu posición cabezón y la concha de tu hermana! – gritaba de forma desaforada el DT.

Todo sucedía en cámara lenta, se sentía el tenso ambiente, la gloria estaba a sólo segundos.

De pronto, el centro desde la esquina tomó su rumbo, saltan varios jugadores, el balón cambia de dirección y se mete directamente en el arco del rival. Cinco segundos después todo el mundo está celebrando, los Verduleros amarran el partido y saltan de forma desaforada.

–          ¡Grande Zapallín, lo hiciste cabezón de mierda! – gritó un tipo desde la gradería.

El pecho de su padre no podía estar más inflado, no lo podía creer, su pequeño Zapallín lo había hecho.

Cuando la euforia terminó un par de compañeros fueron a abrazar al pequeño zapallo, el cual aún no se levantaba del suelo. La impresión fue tal que algunos rompieron en llanto y otros no lo podían creer. Al arquero rival le tuvieron que lavar la camiseta varias veces, pero las manchas nunca desaparecieron. El DT se tomó la cabeza y luego tuvo que dar declaraciones, otra vez sucedía la pesadilla. Repetía que siempre lo había advertido, siempre le decía que no cabeceara.

De todas formas, no había que desperdiciar nada, ya que se debía celebrar el triunfo de los Verduleros. Por esa razón todos terminaron comiendo puré de zapallo con ensaladas, botaron las pepas  y decidieron crear una distinción llamada Zapallín: de alguna forma el pequeño tenía que alcanzar la gloria.

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