Los tres amigos

Por Sr. Editor

Joaquín se levantaba muy temprano todos los días. Debía cargar camiones para ganar dinero, almorzar y darle un poco a su familia.

Solía mover kilos y kilos de frutas y verduras. Tras esto le daban unas cuantas monedas con las que compraba un poco de comida, pero no era un plato sólo para él, ¡El niño solía compartirla!

Cada jornada Joaquín pedía dos platos: uno para él y el otro lo dividía. ¿Con quién compartía? Nada más ni nada menos que con Pepe y Lucho, el primero un gatito joven de bigotes largos y pelaje plomo, el segundo un perro viejo de orejas largas y negro como él solo.

Los tres habían sido amigos durante un largo tiempo, por lo que se convirtieron en inseparables, compartiendo aventuras, desventuras y comida hasta hartarse.

Un día el niño llevaba unas cajas de uva hacia un camión y por otro lado jugaban Pepe y Lucho en un rincón. Un hombre malhumorado a punta de patadas los espantó, por el sólo hecho de que estaban haciendo algo que a él no le gustó.

Pepe, como se asustó, corrió y corrió a buscar a Joaquín al camión. Mientras, Lucho miraba con atención cómo el hombre podía ser tan bruto como para corretear así a un pequeño felino y ser tan gruñón.

Joaquín no vio venir a Pepe, el que se cruzó entre sus piernas y lo desequilibró. El niño no pudo sostenerse en pie y cayó, dejando sus ropas y al gatito llenos de jugo de uva. Su jefe se acercó y lo culpó de todo lo que había pasado, le dijo que no le pagaría y que se fuera a trabajar a otro lado.

El niño quedó muy triste por la situación, por lo que lloró sentado en el suelo mientras limpiaba a su felino amigo. Lucho llegó a lamer a ambos y a pensar qué harían ahora. Joaquín les dio un abrazo y dijo que volvería mañana, ya que no tenía dinero para regalarles nada.

Los animalitos quedaron tristes, sin embargo no dejarían que su amigo se fuera a casa sin llevar ni comer nada. Pepe detuvo a Joaquín con sus pequeñas garritas, mientras Lucho corría a buscar algo para ayudar. Como el gatito sabía que era un cazador especial, le dijo al niño con sus ojos que esperara ahí un poco más. Pepe lo dejó para volver en un rato más.

No pasaron más de veinte minutos cuando el sabio perro viejo volvió con un hueso desenterrado, de aquellos que se comen en ocasiones especiales, como lo era esa vez. Otros diez minutos pasaron antes que llegara Pepe con una pequeña laucha. Los animalitos agradecían todo lo que Joaquín había hecho por ellos con sus pequeños gestos.

– Muchas gracias amigos míos, con esto estaré bien, es lo mejor que han hecho por mí – dijo el niño al borde de las lágrimas.

Aquel día fue uno de los más lindos del pequeño Joaquín, tanto así que fue el último que trabajó en aquel lugar donde los niños no deben estar. Al tiempo entró a estudiar sin dejar de visitar a sus dos amigos, hasta que convenció a su mamá de adoptar a ambos en su nuevo hogar.

El niño creció, los animalitos alcanzaron su edad final, primero Lucho y luego Pepe. Sin embargo, murieron felices y de viejitos, lo que se notaba cuando dormían profundamente tranquilos moviendo sus patitas, quizás soñando con sus aventuras y desventuras cuidando a un niño que trabajaba cargando camiones, compartiendo de forma sincera e inocente la existencia de una amistad que iba más allá de un plato de comida, de una amistad que era totalmente verdadera.

 

 

La vida se trata de tener ‘Likes’

* Por Crazy Beer

Ingresar a Facebook casi siempre era un suplicio para mí. Ver estados inteligentes o graciosos, fotos perfectas y sonrientes, millones de invitaciones para los demás, menos para mi perfil. Cada día que pasaba buscaba alguna notificación inexistente, alguna conversación en el chat. La cantidad de amigos era casi nula y mi popularidad cibernética estaba en números negativos. Envidiaba y odiaba a quienes tenían millones de “Likes” porque cada uno de esos clics significaba un grado más de reconocimiento en el mundo. A mí nadie me reconocía y eso me dolía de sobremanera.

Un día, caminando por el ciberespacio, me encontré con ciertas páginas que ayudaban a la gente a obtener más “Likes”. Prometían millones de “Me Gusta” para incrementar tu ego y seguridad emocional en el simpático mundo de las redes sociales. Accedí a un plan de asesoramiento intensivo que me costó USD100, donde te enseñaban cómo sacarte fotos, cómo “photoshopearlas”, qué posiciones eran las mejores, además de entregarte millones de frases inteligentes para tu perfil. Intenté con todo, pero nada resultó. Mi entrenador personal me dijo que nunca había visto un caso con tan pocos “Likes” y que realmente era un perdedor. Me sentí mal, muy mal, pero no me rendiría, debía obtener suficientes clics de ego para mi paupérrima autoestima.

En el constante y arduo camino de búsqueda pedí consejos a un amigo. Me dijo que no me preocupara, que los “Likes” no eran lo más importante en la vida, pero él lo decía porque mínimo tenía 10 clics en el día, suficiente para sentirse seguro. Me aconsejó finalmente que no me obsesionara con eso, que afuera había pájaros y colores más bellos que los característicos de Facebook, sin embargo mi cabeza no pensaba en otra cosa. Al otro día le dije a mi amigo que no quería verlo más, era una mala influencia anti redes sociales.

Así continué en el sendero, a la espera de la iluminación, de la verdad sobre los “Likes”. Creé millones de teorías al respecto, inventé fórmulas matemáticas y medité dos semanas en un cerro sobre este asunto. Pero nada. No podía encontrar ese no se qué para convertirme en un ganador Facebookeano. Mi tristeza iba en alza.

En una de esas andanzas llegué a conocer a un gurú, un mesías de los “Likes”. Lo visité en su hogar, donde lo encontré meditando y levitando cuando llegué. Pero eso no era lo increíble: los clics en su perfil eran incontables, innumerables, era el perfecto maestro de maestros. Cuando acabó sus ejercicios meditativos me dijo: “la vida, joven aprendiz, se trata de tener ‘Likes’, agrégame a Facebook y te enseñaré la verdad”. Mi emoción  creció enormemente, por fin, gracias al gurú, tendría lo que siempre había querido tener, por lo que lo agregué de inmediato.

–          Amigo, ahora has de saber cuál es la clave del éxito en Facebook – me escribió a través del chat.

–          Sí, maestro, dime cuál es – contesté

–          Abre la ventana de tu cuarto, sal por ella, date cuenta que existen diferentes realidades y, finalmente…- tuvo una pausa.

–          Finalmente qué maestro – me apresuré a decir.

–          Finalmente pequeño saltamontes ¡cómprate una vida!

Quedé helado. No sabía qué pensar. Lo analicé y medité. Finalmente, llegué a una conclusión: el maestro tiene razón, esa es la clave de todo esto, esa es la verdad, sin embargo, y perdón por la pregunta pero, ¿dónde venden vidas y cuánto cuestan? Porque creo que necesito una de forma urgente.

No me gusta

No me gusta

No creo

*Por Crazy Beer

Tenía una vida normal, lo sé. Buenos amigos, estudio, luego un trabajo, hogar, familia. Tuve una bella infancia, llena de recuerdos y sorpresas, mi memoria no me engaña. Algunos problemas se suscitaron pero nada grave, quizás algún trauma, pero ¿quién no tiene algún pequeño trauma? Más grande, más vida. Colegio, amigos, primeras pololas, nada del otro mundo. Fiestas, lágrimas, caminatas, peleas, un poco de sangre. Locuras, incluso droga, sexo y cosas nuevas. Situaciones alucinógenas y alcohol en demasía. Todo normal. Una familia creada por mí, una esposa y una hija, lo tenía todo en una edad joven, 25 buenos años. Recuerdo que ella me miraba y decía que todo sería para siempre, que veríamos a nuestra hija crecer, jugar, llorar. Moriríamos viejos, muy viejos, juntos y de la mano. Todo esto complementado con una corta vida laboral, pocos amigos al final, pero buenos, y una vida familiar reconfortante. Todo bien hasta ese día en la mañana.

Desperté sudando frío, mirando de reojo hacia todos lados, tratando de entender qué diablos sucedía. Un hombre entró en mi habitación. Vestía una bata blanca y me entregó un lápiz y un cuaderno. Me suministró algún remedio y se fue. Me levanté y comencé a golpear las paredes, no podía tranquilizarme. Mis recuerdos estaban vivos. Yo tenía una vida.

El hombre volvió. Me entregó una libreta y dijo que la leyera: eran mis recuerdos. Faltaban tres hojas por escribir y me dijo que lo terminara, que ya todo había terminado, que era una invención mía, que escribiera el final. Dije que no lo haría, que tenía vida por vivir, tenía sólo 25 años. Lanzó lejos la libreta, tomó mi cabeza y me dio tres golpes con los que caí al suelo. Me levantó a duras penas y me puso en frente de un espejo. ¿Qué es lo que ves? Preguntó. A mí mismo dije yo. Pues lo que ves, dijo sin detenerse, es a ti mismo en tu decadencia, en tu muerte, en tu ocaso, tienes 85 años. En ese momento un dolor invadió mi cuerpo, y desde entonces que no hablo. Mi vida es un cuento, lo sé, toda una vida encerrado. Soy un loco, lo sé.

Zapallín, el niño zapallo

*Por Crazy Beer

Zapallín se levantaba temprano el día sábado, era día de fútbol y tenía que entrenar duro para llegar a ser el mejor jugador de su liga. En lo que iba de competencia no había jugado ningún partido, siempre era suplente, el DT creía que era el peor de todo el equipo. Su cabeza de zapallo le jugaba en contra, nunca podría cabecear, menos con su estatura. Decían los padres de los otros niños que tenía dos piernas izquierdas y que nadie entendía qué hacía en el equipo.

Regularmente era burla de los demás pequeños, tras lo cual adquiría su cara un color más anaranjado de lo normal y sus lágrimas, cuando lo hacían llorar, eran como grandes semillas de zapallo. Sus padres, ambos con sus respectivas cabezas de verduras, lo defendían a muerte y lo alentaban a continuar con su pequeño sueño: Zapallín debía mostrar en la cancha lo gran zapallo que podía ser.

Muchas veces le pidió al DT que lo dejase entrar, que dejaría su alma en la cancha, que le diera la oportunidad. El entrenador lo miraba y le decía que era peligroso para un cabeza de zapallo ingresar al partido, aún más si estaban jugando contra Deportivo Frutos del Bosque, sus archirrivales.

Zapallín estaba triste, no podía mostrar el verdadero zapallo que llevaba dentro, sin embargo su oportunidad llegaría pronto. En un partido contra Nadie Nunca FC se lesionó Peter Pulento, una de las mejores contrataciones infantiles llevadas a cabo por el Club Deportivo Verduras Unidas. Extrañamente y contra todas las excusas habituales, el director técnico hizo entrar a Zapallín, quien no podía creerlo.

–          Profe, no lo decepcionaré – dijo el cabeza de zapallo antes de entrar al campo

–          Espero que no lo hagas – respondió el DT.

Varias jugadas espectaculares se llevaron a cabo en el partido, destacando muchos compañeros del cabeza de zapallo, pero nunca él. Perdió dos pelotas que terminaron en goles en contra y no pudo dar ningún pase preciso. Todos lo miraban feo, pero debían continuar. El Club Deportivo Verduras Unidas siguió presionando, corriendo mucho más porque tenían un hombre menos (Zapallín ya estaba cansado). De todas formas consiguieron descontar antes de acabar el primer tiempo.

Cuando se dio inicio a la segunda parte, Zapallín dio un pase que terminó en el ansiado empate, lo que generó ilusión en la hinchada. El DT sonrió frente a esto y dio nuevas instrucciones. Todo continuó igual hasta el minuto 86, donde se generó un tiro de esquina a favor del equipo Verdulero. Al ver esto, Zapallín vio la oportunidad de su vida, el momento justo para alcanzar la gloria en un partido (aunque la verdad el encuentro sólo daba puntos, no era crucial), por esa razón corrió lo más rápido posible para cabecear el balón en el aire y anotar el gol de la victoria. Mientras dejaba sus piernas en el campo de fútbol, el Técnico le gritaba que regresara a su posición inicial: no quería tragedias (como la muy recordada tarde de 1986 donde fallecieron dos jugadores).

–          ¡Zapallo y la conch…regresá a tu posición cabezón y la concha de tu hermana! – gritaba de forma desaforada el DT.

Todo sucedía en cámara lenta, se sentía el tenso ambiente, la gloria estaba a sólo segundos.

De pronto, el centro desde la esquina tomó su rumbo, saltan varios jugadores, el balón cambia de dirección y se mete directamente en el arco del rival. Cinco segundos después todo el mundo está celebrando, los Verduleros amarran el partido y saltan de forma desaforada.

–          ¡Grande Zapallín, lo hiciste cabezón de mierda! – gritó un tipo desde la gradería.

El pecho de su padre no podía estar más inflado, no lo podía creer, su pequeño Zapallín lo había hecho.

Cuando la euforia terminó un par de compañeros fueron a abrazar al pequeño zapallo, el cual aún no se levantaba del suelo. La impresión fue tal que algunos rompieron en llanto y otros no lo podían creer. Al arquero rival le tuvieron que lavar la camiseta varias veces, pero las manchas nunca desaparecieron. El DT se tomó la cabeza y luego tuvo que dar declaraciones, otra vez sucedía la pesadilla. Repetía que siempre lo había advertido, siempre le decía que no cabeceara.

De todas formas, no había que desperdiciar nada, ya que se debía celebrar el triunfo de los Verduleros. Por esa razón todos terminaron comiendo puré de zapallo con ensaladas, botaron las pepas  y decidieron crear una distinción llamada Zapallín: de alguna forma el pequeño tenía que alcanzar la gloria.

Trágico Accidente

*Por Poeta Alcohólico

Caminé a través de la niebla más espesa que haya visto en toda mi vida. Crucé una especie de riachuelo en el cual mojé mis pies. Extrañamente no sentí frío, a pesar de que el día estaba totalmente tapado por aquella horrible niebla. Una sensación de vacío inundaba mi corazón y mi cuerpo, sintiendo que mi cabeza estaba completamente desorientada. Seguí caminando pero no llegaba a ningún lugar. De pronto, la niebla se hizo aún más espesa y ya no podía ver más allá de mis manos. Un frío horrible me abrazó y comencé a escuchar unas voces a lo lejos. “Por fin un poco de gente”, dije para mí. Como no veía nada, seguí aquel ruido de voces para preguntar dónde diablos estaba metido. Al acercarme a ellas noté que algunas se apagaban y otras se convertían en llantos estruendosos. Admito que al principio me asusté, imaginando, como siempre lo hacía, que alguna cosa grave, quizás un accidente, había ocurrido. Decidí no hacer mucho ruido y acercarme lentamente para poder oír de forma nítida aquella situación que invadía mis sentidos. A medida que me aproximaba, la niebla desaparecía dejando ver un camino de tierra y un poco más adelante, una reja negra. Hacia mis costados no había nada reconocible, por lo que sólo podía mirar aquella especie de sendero. No sé cómo describirlo, creo que ese camino estaba marcado para mí.

Lejos, muy lejos, veía gente que se movía, otros quietos, otros sentados. Las voces tenían forma y eso me alegraba. A nadie le gusta saber que está solo. Pensamientos extraños inundaban mi cabeza, la cual daba vueltas y vueltas suponiendo que todo aquello era un sueño o pesadilla que contaría al otro día, quizás a mi novia, quizás a un amigo, quizás a nadie. Todo era totalmente confuso, por lo cual tuve que aferrar mi cabeza con mis manos para que no cayera al suelo. Llegué. Abrí la reja. Nadie se inmutó. Ya no había niebla, todo estaba claro. Di una rápida mirada a mi alrededor y noté que varias mujeres lloraban, algunos hombres trataban de contener su rabia. Había personas sentadas que sólo miraban el suelo con una expresión triste y niños que no sabían lo que pasaba. Todos ellos se agolpaban alrededor de una puerta pequeña que daba paso a una especie de edificación de color blanco que llamaba mi atención de sobremanera. Di unos pasos hacia atrás y golpeé suavemente a una mujer que estaba apoyada en un árbol. Su rostro y sus ojos expresaban una profunda tristeza, capaz de hacer llorar al más duro de los hombres. No quise preguntarle a qué debía aquel sentimiento porque yo estaba tan preocupado de saber en dónde diablos estaba, que no atinaba a nada más.

Un ruido, una puerta crujiendo, un nuevo personaje. Un hombre apareció desde el fondo de aquella puerta. Vestía una bata blanca, pantalones y zapatos negros, una camisa gris. Su cabello negro estaba lleno de gel. Masticaba de mala manera un chicle y en sus manos traía unos papeles. Cuando apareció, todo el mundo levantó sus cabezas y se agolparon fuertemente alrededor de aquella puerta, alrededor de él, para así oír mejor.

–          Luis Alberto Carrasco Sánchez- gritó hacia el público, mientras que una mujer se tomaba la cabeza y comenzaba un largo llanto que creo, su marido, intentó callar.

–          José Oscar Campos Monsalve- gritó otra vez. Ahora un hombre golpeaba un árbol y le daba patadas.

Escuché cinco nombres más y vi similares reacciones. Mi confusión crecía cada vez más, no entendiendo nada. De pronto, escuché mi nombre. Sí, era mi nombre, no lo podía creer. Levanté mis brazos y comencé a caminar hacia el hombre. Quería decirle que aquí estaba yo. Seguí pero nadie se movía. Comencé a desesperarme y nada podía hacer, un colapso vendría pronto, otro colapso, no puede ser. Intenté calmarme pero no podía. Traté de recordar pero todo era confuso, todo era niebla, gente, manchas, balizas. Todo pasaba rápido y mi corazón se agitaba, pensamientos, recuerdos, mi familia, todo.

No corrí. No podía seguir corriendo. Caminé un poco y me senté en el suelo. A mi lado una mujer tenía la mirada perdida en el horizonte y una triste lágrima corría por su mejilla. La abracé, limpié su cara, besé su frente y miré sus ojos. Me levanté. Me acerqué a su oído izquierdo y dije: “No te preocupes mamá, todo va a estar bien”. No hubo reacción. Sólo sé que seguí caminando y que la niebla, ahora, se había disipado.

El Espantapájaros

*Por PoEta AlCohÓlIcO

Me reí del espantapájaros más loco que haya visto en mi vida. Su cabeza estaba llena de ideas pero nadie sabía de qué se trataban. Yo, como todos los demás, me reí del espantapájaros porque, la verdad, lo mirábamos en menos. Si supiera la gente cuántas ideas descabelladas tenía en su cabeza. Yo, como todos los demás, seguí mi camino y no di más miradas al loco espantapájaros. Eso fue la semana pasada.

 Ayer, como todos los días, pasé al lado del espantapájaros. Él me miró, yo lo miré, la gente lo miró. Yo, como todos los demás, lo observé por cinco minutos, al cabo de los cuales comenzó a sonar mi celular. Contesté y el espantapájaros no dejó de mirarme. Yo, como todos los demás, quise seguir mi camino pero algo raro me detuvo. Ahora sólo quedaba él y yo. Nuestras miradas se cruzaron y nada alrededor se movía. Yo, quería seguir como todos los demás, pero algo me lo impedía. El espantapájaros, que no era como los demás, no dejaba de mirarme. De pronto, una mirada extraña salió de sus ojos y penetró en los míos. Yo, que era como los demás, estaba percibiendo algo que me volvía loco. Mil ideas volaban por mi cabeza, sabía que no era como los demás. El espantapájaros caminó hasta llegar a mí y me acarició la cara, mientras que yo caía al suelo en una especie de asfixia. Tuve las ideas más locas durante treinta segundos, los cuales fueron eternos. El espantapájaros me acariciaba y se compadecía de mi dolor. Yo, trataba de ser como los demás, él, sólo tenía ideas locas. Mi asfixia crecía y él me acariciaba la cabeza con una ternura que extrañamente me calmaba. El señor espantapájaros, de repente abrió su cabeza y presentó a mis ojos sus más locas ideas, de las cuales cincuenta no eran tan locas y cincuenta no eran malas. Yo, ya no era como los demás. Él, era el señor espantapájaros más inteligente que haya conocido. Yo, no era como los demás. Él, era el señor espantapájaros más humano que haya visto. Yo, supe que era un espantapájaros. Él, se rió de mí. Yo, comencé a llorar. Él, a reír. Yo, toqué sus manos por primera vez. Él, rió otra vez. Yo, nunca más seré el mismo. Él, seguirá siendo el señor espantapájaros. Yo, comprendí que no era loco. Él, sabía que yo era igual a los demás. Al final, los dos sabíamos lo que era verdad.

 Hace un rato, desperté bañado en sudor, con un dolor en mi cabeza, una mujer a mi lado y la imagen de mi querido espantapájaros pegada en la pared. Me sigue diciendo que la vida es así.