El juego

*Por Juan Pardo
Nos sentamos frente a frente con un tablero de ajedrez al medio. Alrededor nuestro un gran número de comentaristas, opinólogos, expertos, sabios y público en general se agolpaban para observar el encuentro. Las reglas eran simples: podíamos escuchar y, si así lo queríamos, mover nuestras piezas bajo los consejos de a quien quisiéramos oír. Además, no podíamos dar libre albedrío a nuestros pequeños representantes del tablero, aquello podría provocar algo inesperado que a nadie le gustaría ver.

– Tienes las piezas blancas amigo. Tú comienzas – dijo mi contrincante, un extraño ser vestido de jeans y polerón negro con una capucha que cubría su cabeza y cara.

Al principio su presencia provocó en mí una sensación de miedo, para pasar luego a una admiración extraña. Trataba de buscar sus ojos en esa inmensidad negra, pero mi vista se perdía en esa oscuridad que daba la impresión de tener el tamaño del universo.

– Adelante – dijo nuevamente, esta vez en un tono más grave y serio.

Intenté pensar un momento para ver cómo iniciar el juego. Ya conocía todos los movimientos y qué debía hacer, sin embargo mi experiencia no era muy vasta.

– Comienza con el caballo – dijo un enano de orejas largas que bebía una fría cerveza.

– No amigo, juégatela con el peón que está delante de la torre – se escuchó desde la muchedumbre.

Alguno de los dos debía tener razón, por lo que di el puntapié inicial con el peón. Mi contrincante no demoró ni diez segundos en mover su primera pieza. Imaginé una leve sonrisa en su rostro incógnito.

– ¡Ahora saca a la torre! – gritó un fantasma desde el fondo de la sala, mientras otros seres daban sus opiniones respectivas. Opté por el primer consejo y mi querida torre salió a luchar.

Los movimientos de mi rival eran rápidos, como si ya supiese cómo iba a matar a mi rey desde el primer minuto. Por el contrario, todo lo que yo hacía se veía marcado por el escrutinio público, de donde trataba de sacar las mejores ideas para mover a mis luchadores.

– Oye amigo, dejaste que uno de tus peones muriera desangrado por el ataque de un alfil y no hiciste nada – me recriminó una serpiente que había llegado tarde al encuentro.

– Pero si no podía hacer nada – le dije con vergüenza.

– Vamos mueve – dijo el ser oscuro mientras se acomodaba en su silla.

Me sentía completamente nervioso, muchos peones habían muerto y una torre fue destruida por su intrépida reina. Uno de mis alfiles fue descuartizado por un caballo y mi reina ya casi enloquecía. En un arranque de desesperación opté por avanzar con un peón y una torre enemiga lo aplastó frente a mi cara. La batalla era un desastre para mi lado del tablero, mientras los sabios movían su cabeza y me culpaban de todo lo que ocurría.

-¡ Ustedes me dijeron que moviera así las piezas! – les grité, a lo que uno de ellos dijo :”Pero es tu responsabilidad”.

Cada vez que iba a mover una pieza la habitación se volvía un manicomio, con la mayoría del público diciendo lo que harían en mi lugar, dando consejos, menospreciando, juzgando y algunos riendo de la situación.

– ¡Cállense imbéciles! No puedo pensar así…- dije desesperadamente.

– ¿No puedes pensar así? ¿Eso dices? Pues mírame a mí, mientras lloras y haces berrinche yo puedo pensar claro lo que voy a hacer. Ya tengo la cabeza de tu rey en mis manos. ¿Y sabes? Ni siquiera me importa tu miserable reicito. Ese viejo ya está muerto, no puede defenderse. A mí lo que me importa es tu reina. Pienso en el gusto de matar y en el placer carnal. ¿No es eso lo que importa pedazo de idiota? Mueve tus piezas rápido, ya estás perdido. – dijo el ser oscuro.

Quedé perplejo. Miré a mi reina y sus ojos de tristeza lo dijeron todo. Me di cuenta que varios peones sangraban, que la única torre viva estaba casi destrozada y que mi segundo alfil yacía a un lado del tablero sin vida. Mis dos caballos estaban vivos, pero uno tenía una herida en su pata trasera y apenas caminaba.

Las palabras me sonaron como una verdad totalmente dolorosa. ¿ En qué momento pensé que esto sería una buena idea? Para que nadie más sufriera tenía que sacrificar a mi rey, darme por vencido.

– Estimado, si quieres dame libre albedrío para hacer movimientos capaces de darnos la victoria- dijo un peón que en todo el juego solo se había movido un par de veces.

– Va contra las reglas – respondí mientras veía en su cara una súplica. No podía perder más de lo que ya había perdido, pero ¿Qué pasaría? Eso no estaba permitido.

– Hazlo, no me importa. Sólo debes prometer que no te rendirás hasta el final, hasta ver cómo me quedo con la sangre de esta batalla- dijo lentamente el oscuro.

Permití que mi peón jugara como quisiera. Hizo varios movimientos, mató a unos cuantos y siguió avanzando. Alguna esperanza se dibujó en mí, sólo hasta que los consejos, los gritos y los juicios retomaron su cauce.

En un arranque de estupidez obligué a mi peón a parar, ya que según muchos no tenía sentido lo que estaba haciendo. Mi servidor hizo caso y lo moví hacia el lado contrario. En dos movimientos más estaba siendo atravesado por la espada de otro peón.

– Mierda, qué hice – dije mientras lo veía caminar hacia un lado del tablero, sangrando profusamente. Una sonrisa gigante imaginé se dibujaba en mi adversario.

– Amo, ¿por qué lo hizo? Deténgase…por favor…piense por sí mismo…- fueron las últimas palabras de mi servil luchador.

Lo que dijo caló en mí profundamente. Miré a mi alrededor y todos gritaban, chillaban sin decir nada, eran unos fantasmas nada más, se hacían irreales.

Comencé a sudar y un dolor me estremeció. Mi responsabilidad era aquella , la de pensar. Hice un par de movimientos, avancé por entre cuerpos y enemigos, hice lo que pude. Sin saber cómo maté a sus alfiles y a una torre, pero aún estaba lejos de su rey.

– Veo que lo entendiste al fin. Ya no importa este juego. ¿Qué sentido tiene? Es interesante para mí cuando estás perdiendo, ahora querrás ganar. Eras nada y con un par de piezas avanzaste más que al principio – dijo mi enemigo, tras lo cual botó a su rey y le cortó la garganta.

En ese momento no entendí mucho qué sucedió, sólo sé que todo terminó. Hoy en día ya no juego ajedrez, pero le sigo rindiendo honores a mis valientes luchadores.

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