Conversación en banca de una plaza

Por Poeta Alcohólico
poesia_banca

“Hey, amigo, en serio,

No te preocupes, lo que sucede no es tan importante,

¿Acaso no es bueno y entretenido todo esto?

No puede ser que estés agobiado por cosas que en verdad no son relevantes,

O sea, piensa, ¿quién queda al final, tu trabajo o tus seres queridos?

¿O es más importante un bien de mercado que todas las situaciones impagables

Que te regala la existencia?

Al final puede que, y aquí va mi opinión directa, esto no sea real,

Que al final sea sólo un complejo sistema o red de situaciones

Que te van llevando, si así lo quieres, a lo que realmente debes hacer en este mundo.

Puede que todo sea cuántico, que todo dependa del observador.

Amigo, ponle múltiples colores a lo que sucede y empieza a caminar sin miedo.

Creo que eres lo bastante grande ya como saber adónde quieres ir”.

  •  Disculpa, ¿Qué edad me dijiste que tenías?
  •  Cuatro recién cumplidos amigo, ¿y tú?
  •  Treinta y seis, amigo. Por cierto, gracias por el consejo.
  • De nada.

 

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Estúpido, simpático

* Por Poeta Alcohólico (un poco de poesía)

Estúpidos simpáticos,
De colas largas y movedizas,
Extraños en tierras extrañas.

Se mueven en círculos de torpeza
Cayendo fuera de lo que he pensado durante años:
Somos nada dentro del universo.

Y pienso que tú y yo,
Encerrados, disparos,
Nos movemos en línea recta
Quizás paralelos.

Sumas y restas,
Quizás multiplicaciones y acciones simples
Son lo que nos quita la vitalidad de un mundo extraordinario,
Lleno de magia y magos con lentes circulares (de nuevo en círculos).

Prefiero los espirales y las canciones
En otros idiomas.

Detesto el modo en que me miras desde tu trono,
Horrible,
En busca de ti mismo,
Creado sólo para manipular mentes,
Mentes pequeñas, moldeables,
No cuestionan.

Suenan campanas de soledad
Y la muerte está en la esquina
Porque estamos completamente vacíos, vacíos,
A punto de morir…

Mis delirios alcohólicos
No me dejan ver más allá…

El Camino

*Por Nauj

…Me dijo: “acá dentro todo flota” y ese fue el momento de seguir caminando. A decir verdad me invadió el miedo, pero lo dejé entrar sólo cinco segundos, sólo cinco, para luego respirar y continuar el viaje. De a poco, lentamente, aprendí a botar cargas que no quería en mi mochila y abrí los oídos a lo que los perros y las flores me decían. Seguí andando a través de las preciosas piedras y me di cuenta que en verdad el conocimiento de esos seres supuestamente inertes es más fácil de encontrar de lo que creemos. Cada ciertos pasos las cosas empezaban a acomodarse, a ajustarse más a la realidad que a la mentira que parece real, esa tangible y que podemos tocar. Dormía a ratos en posiciones y lugares cómodos, donde mi cuerpo disfrutaba del descanso, sin embargo ahí no estaba contento del todo, ya que sólo respiraba a medias. Estaba más feliz donde las piedras tocaban mi espalda y me incomodaban; eso era más real, mucho más real.

Al cabo de un tiempo, sin haberlo previsto, choqué con una pared, la palpé, pero no la podía ver. Costaba muy caro traspasarla, por lo que decidí buscar un paso, algún túnel que me permitiese atravesarla. Y lo logré. Un pasadizo encontré detrás de unos arbustos frondosos, fue difícil, incluso por momentos flaqueaba y quería dejar esta empresa tirada, sin embargo, siempre que pensaba en dejarlo todo, una pequeña luz me recordaba que debía salir del túnel (a veces no creía que me encontraba ahí dentro). Unas manos, al final de este embrollo, me ayudaron a salir y me dieron algunas palmadas en la espalda en señal de apoyo. Yo les devolví la energía con sonrisas, sobre todo cuando me alumbraron con linternas que casi me enceguecían.

Aún no termina nada, el camino continúa, no obstante, cada vez que veo que lo más simple toca esta ruta, las ganas de seguir aumentan: ya sean perros, flores o grandes personas, siempre hay una sonrisa que no te deja solo.

Si alguna vez lo entiendo, quizás lo codifique en el lenguaje más simple que pueda existir.

No creo

*Por Crazy Beer

Tenía una vida normal, lo sé. Buenos amigos, estudio, luego un trabajo, hogar, familia. Tuve una bella infancia, llena de recuerdos y sorpresas, mi memoria no me engaña. Algunos problemas se suscitaron pero nada grave, quizás algún trauma, pero ¿quién no tiene algún pequeño trauma? Más grande, más vida. Colegio, amigos, primeras pololas, nada del otro mundo. Fiestas, lágrimas, caminatas, peleas, un poco de sangre. Locuras, incluso droga, sexo y cosas nuevas. Situaciones alucinógenas y alcohol en demasía. Todo normal. Una familia creada por mí, una esposa y una hija, lo tenía todo en una edad joven, 25 buenos años. Recuerdo que ella me miraba y decía que todo sería para siempre, que veríamos a nuestra hija crecer, jugar, llorar. Moriríamos viejos, muy viejos, juntos y de la mano. Todo esto complementado con una corta vida laboral, pocos amigos al final, pero buenos, y una vida familiar reconfortante. Todo bien hasta ese día en la mañana.

Desperté sudando frío, mirando de reojo hacia todos lados, tratando de entender qué diablos sucedía. Un hombre entró en mi habitación. Vestía una bata blanca y me entregó un lápiz y un cuaderno. Me suministró algún remedio y se fue. Me levanté y comencé a golpear las paredes, no podía tranquilizarme. Mis recuerdos estaban vivos. Yo tenía una vida.

El hombre volvió. Me entregó una libreta y dijo que la leyera: eran mis recuerdos. Faltaban tres hojas por escribir y me dijo que lo terminara, que ya todo había terminado, que era una invención mía, que escribiera el final. Dije que no lo haría, que tenía vida por vivir, tenía sólo 25 años. Lanzó lejos la libreta, tomó mi cabeza y me dio tres golpes con los que caí al suelo. Me levantó a duras penas y me puso en frente de un espejo. ¿Qué es lo que ves? Preguntó. A mí mismo dije yo. Pues lo que ves, dijo sin detenerse, es a ti mismo en tu decadencia, en tu muerte, en tu ocaso, tienes 85 años. En ese momento un dolor invadió mi cuerpo, y desde entonces que no hablo. Mi vida es un cuento, lo sé, toda una vida encerrado. Soy un loco, lo sé.

Trágico Accidente

*Por Poeta Alcohólico

Caminé a través de la niebla más espesa que haya visto en toda mi vida. Crucé una especie de riachuelo en el cual mojé mis pies. Extrañamente no sentí frío, a pesar de que el día estaba totalmente tapado por aquella horrible niebla. Una sensación de vacío inundaba mi corazón y mi cuerpo, sintiendo que mi cabeza estaba completamente desorientada. Seguí caminando pero no llegaba a ningún lugar. De pronto, la niebla se hizo aún más espesa y ya no podía ver más allá de mis manos. Un frío horrible me abrazó y comencé a escuchar unas voces a lo lejos. “Por fin un poco de gente”, dije para mí. Como no veía nada, seguí aquel ruido de voces para preguntar dónde diablos estaba metido. Al acercarme a ellas noté que algunas se apagaban y otras se convertían en llantos estruendosos. Admito que al principio me asusté, imaginando, como siempre lo hacía, que alguna cosa grave, quizás un accidente, había ocurrido. Decidí no hacer mucho ruido y acercarme lentamente para poder oír de forma nítida aquella situación que invadía mis sentidos. A medida que me aproximaba, la niebla desaparecía dejando ver un camino de tierra y un poco más adelante, una reja negra. Hacia mis costados no había nada reconocible, por lo que sólo podía mirar aquella especie de sendero. No sé cómo describirlo, creo que ese camino estaba marcado para mí.

Lejos, muy lejos, veía gente que se movía, otros quietos, otros sentados. Las voces tenían forma y eso me alegraba. A nadie le gusta saber que está solo. Pensamientos extraños inundaban mi cabeza, la cual daba vueltas y vueltas suponiendo que todo aquello era un sueño o pesadilla que contaría al otro día, quizás a mi novia, quizás a un amigo, quizás a nadie. Todo era totalmente confuso, por lo cual tuve que aferrar mi cabeza con mis manos para que no cayera al suelo. Llegué. Abrí la reja. Nadie se inmutó. Ya no había niebla, todo estaba claro. Di una rápida mirada a mi alrededor y noté que varias mujeres lloraban, algunos hombres trataban de contener su rabia. Había personas sentadas que sólo miraban el suelo con una expresión triste y niños que no sabían lo que pasaba. Todos ellos se agolpaban alrededor de una puerta pequeña que daba paso a una especie de edificación de color blanco que llamaba mi atención de sobremanera. Di unos pasos hacia atrás y golpeé suavemente a una mujer que estaba apoyada en un árbol. Su rostro y sus ojos expresaban una profunda tristeza, capaz de hacer llorar al más duro de los hombres. No quise preguntarle a qué debía aquel sentimiento porque yo estaba tan preocupado de saber en dónde diablos estaba, que no atinaba a nada más.

Un ruido, una puerta crujiendo, un nuevo personaje. Un hombre apareció desde el fondo de aquella puerta. Vestía una bata blanca, pantalones y zapatos negros, una camisa gris. Su cabello negro estaba lleno de gel. Masticaba de mala manera un chicle y en sus manos traía unos papeles. Cuando apareció, todo el mundo levantó sus cabezas y se agolparon fuertemente alrededor de aquella puerta, alrededor de él, para así oír mejor.

–          Luis Alberto Carrasco Sánchez- gritó hacia el público, mientras que una mujer se tomaba la cabeza y comenzaba un largo llanto que creo, su marido, intentó callar.

–          José Oscar Campos Monsalve- gritó otra vez. Ahora un hombre golpeaba un árbol y le daba patadas.

Escuché cinco nombres más y vi similares reacciones. Mi confusión crecía cada vez más, no entendiendo nada. De pronto, escuché mi nombre. Sí, era mi nombre, no lo podía creer. Levanté mis brazos y comencé a caminar hacia el hombre. Quería decirle que aquí estaba yo. Seguí pero nadie se movía. Comencé a desesperarme y nada podía hacer, un colapso vendría pronto, otro colapso, no puede ser. Intenté calmarme pero no podía. Traté de recordar pero todo era confuso, todo era niebla, gente, manchas, balizas. Todo pasaba rápido y mi corazón se agitaba, pensamientos, recuerdos, mi familia, todo.

No corrí. No podía seguir corriendo. Caminé un poco y me senté en el suelo. A mi lado una mujer tenía la mirada perdida en el horizonte y una triste lágrima corría por su mejilla. La abracé, limpié su cara, besé su frente y miré sus ojos. Me levanté. Me acerqué a su oído izquierdo y dije: “No te preocupes mamá, todo va a estar bien”. No hubo reacción. Sólo sé que seguí caminando y que la niebla, ahora, se había disipado.

El Espantapájaros

*Por PoEta AlCohÓlIcO

Me reí del espantapájaros más loco que haya visto en mi vida. Su cabeza estaba llena de ideas pero nadie sabía de qué se trataban. Yo, como todos los demás, me reí del espantapájaros porque, la verdad, lo mirábamos en menos. Si supiera la gente cuántas ideas descabelladas tenía en su cabeza. Yo, como todos los demás, seguí mi camino y no di más miradas al loco espantapájaros. Eso fue la semana pasada.

 Ayer, como todos los días, pasé al lado del espantapájaros. Él me miró, yo lo miré, la gente lo miró. Yo, como todos los demás, lo observé por cinco minutos, al cabo de los cuales comenzó a sonar mi celular. Contesté y el espantapájaros no dejó de mirarme. Yo, como todos los demás, quise seguir mi camino pero algo raro me detuvo. Ahora sólo quedaba él y yo. Nuestras miradas se cruzaron y nada alrededor se movía. Yo, quería seguir como todos los demás, pero algo me lo impedía. El espantapájaros, que no era como los demás, no dejaba de mirarme. De pronto, una mirada extraña salió de sus ojos y penetró en los míos. Yo, que era como los demás, estaba percibiendo algo que me volvía loco. Mil ideas volaban por mi cabeza, sabía que no era como los demás. El espantapájaros caminó hasta llegar a mí y me acarició la cara, mientras que yo caía al suelo en una especie de asfixia. Tuve las ideas más locas durante treinta segundos, los cuales fueron eternos. El espantapájaros me acariciaba y se compadecía de mi dolor. Yo, trataba de ser como los demás, él, sólo tenía ideas locas. Mi asfixia crecía y él me acariciaba la cabeza con una ternura que extrañamente me calmaba. El señor espantapájaros, de repente abrió su cabeza y presentó a mis ojos sus más locas ideas, de las cuales cincuenta no eran tan locas y cincuenta no eran malas. Yo, ya no era como los demás. Él, era el señor espantapájaros más inteligente que haya conocido. Yo, no era como los demás. Él, era el señor espantapájaros más humano que haya visto. Yo, supe que era un espantapájaros. Él, se rió de mí. Yo, comencé a llorar. Él, a reír. Yo, toqué sus manos por primera vez. Él, rió otra vez. Yo, nunca más seré el mismo. Él, seguirá siendo el señor espantapájaros. Yo, comprendí que no era loco. Él, sabía que yo era igual a los demás. Al final, los dos sabíamos lo que era verdad.

 Hace un rato, desperté bañado en sudor, con un dolor en mi cabeza, una mujer a mi lado y la imagen de mi querido espantapájaros pegada en la pared. Me sigue diciendo que la vida es así.